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miércoles, 4 de septiembre de 2013

BOSNIA Y SU CLARO MENSAJE, "DON´T FORGET"

SARAJEVO:

Llegamos a Sarajevo desde Dubrovnik en el autobús nocturno que nos dejó en la estación a las cinco de la mañana. Es bastante común en estos países que en las estaciones de trenes y autobuses haya personas esperando con un cartel que ponga "sobe", que significa habitación, para llevarte a su hostal o incluso casa por un módico precio. Nosotras queríamos vivir esa experiencia así que no reservamos nada por adelantado.

Al llegar a la estación a esas horas, hasta las palomas estaban durmiendo. Así que hicimos tiempo desayunando y hablando con un nuevo amigo con el que pasaríamos todo el día, Pepe, de México.

Pasadas unas horas y sin que nadie apareciera con el cartel. Decidimos cogernos el tranvía hasta el centro y allí buscarnos la vida. A ojo, sin conocer la ciudad y sin mapa, nos paramos en lo que nos parecía un poco el centro, pero que podían haber sido las afueras perfectamente. Tuvimos la suerte de haber parado en pleno barrio turco que es la zona vieja de Sarajevo. Pasamos por un par de hostales pero estaban llenos. Al final dimos con uno que resultó ser el que una amiga le había recomendado a Pepe. Por 15€ por persona y noche dormimos en una habitación bastante grande con internet, toallas y todo incluido, compartiendo el baño.

Nos hicimos con un mapa de la ciudad y nos pusimos en marcha, no serían ni las ocho de la mañana. La primera parada, a escasos metros de nuestro hostal, estaba la Biblioteca Nacional. Edificio que se vio gravemente afectado por los bombardeos de la guerra y que desde el final de esta está en reconstrucción.





Al otro lado del puente, una antigua fábrica de cerveza local que aun sigue en pleno funcionamiento, un par de pequeñas mezquitas con sus jardines y sus curiosos cementerios donde las tumbas estaban, no se si decoradas o protegidas, por a veces unos cilindros y otras veces finales de espada que nunca había visto antes. De hecho, creo que era la primera vez que veía un cementerio musulmán pero ese día vería muchos otros.




Y de vuelta cruzando el río, el puente latino nos lleva al lugar exacto donde fue asesinado el archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero de la corona del imperio austrohúngaro en 1914, hecho que desencadenó la Primera Guerra Mundial un mes después.





La sensación que me dio Sarajevo fue de una ciudad un poco gris, un poco apagada. Quizás era porque el día estaba nublado pero no me pareció ser ese el único motivo. No podría explicarlo pero, le faltaba alegría o alma. Si no fuera por los pequeños grupos de turistas ruidosos que visitaban la ciudad...Aunque es verdad que por la tarde-noche, la parte vieja se llenó de locales y las terrazas estaban a rebosar. Quizás es una ciudad búho...




Después de un paseo por la zona fuera de la parte vieja, nos adentramos por las calles del casco antiguo para darnos cuenta de la cantidad de mezquitas por metro cuadrado que allí se pueden encontrar. Lo curioso es que, a escasos metros de estas mezquitas, puedes encontrar una sinagoga y un par de iglesias. Y aun hoy, ves pasar a mujeres con velo islámico, cruzarse con judíos ortodoxos y, al mismo tiempo, con turistas o incluso locales que no tienen problema en llevar una camiseta de tirantes o un pantalón corto . Esta mezcla tan estrecha de religiones y de creencias a mi me sigue maravillando.





Las estrechas calles de la zona vieja están llenas de teterías donde poder fumar cachimba, tomar un té turco, un café, poder comprar cualquier joya de plata, algún pañuelo, pocos souvenirs, aunque alguno si. Y así, dejándote llevar por esas calles peatonales de piedra, llegas al gran bazar, en pleno barrio turco.




Tengo que decir que el Gran Bazar de la ciudad me decepcionó un poco. Eso es lo que tiene el crearte expectativas. Yo esperaba un Gran Bazar como el de Estambul, vale, quizás mas pequeño pero donde poder comprar las mismas cosas que en Turquía. Pero la verdad fue que lo que mas podías encontrar eran fundas para móviles, imitaciones de bolsos, collares y pulseras de las que puedes encontrar en cualquier tienda de chinos en España.

Pero pasear por esta zona es una pasada, parece como si estuvieras en Turquía y hace un par de décadas al menos, con todos esos cacharros de latón, teteras, cajitas, espejos, platos... Lo que yo esperaba en el Gran Bazar.



Después de esta primera toma de contacto, nos sentamos en una terracita encantadora con bancos de madera a probar el famoso Cevapi que es una especia de pan parecido al del kebap y dentro tiene carne, cebolla, queso




Después de reponer pilas por poco mas de cuatro euros por persona, bebida incluida, nos fuimos a dar una vuelta por fuera de la zona antigua. Una avenida bastante mas ancha que las calles del centro nos lleva a uno de los sitios que mas me impactó de la ciudad. Lo que era un simple parque antes de la guerra y que, por fuerza mayor durante la guerra, pasó a ser un cementerio dado que no había donde enterrar a la gran cantidad de gente que moría. En medio de la ciudad, un parque público, un parque reconvertido en cementerio...Me impresionó mucho.




Pero además, en la entrada de este parque construyeron un monumento a los niños que murieron en la guerra con  unos grande rollos de metal donde se pueden leer los nombres de muchos de estos niños con la fecha de nacimiento y la de defunción. Una pena.





Aun, paseando por estas calles se pueden ver los edificios con la metralla, restos de la guerra, una imagen que no se te borra. Pero quizás la imagen que nunca olvidaré de la ciudad de Sarajevo es la que pude ver desde lo alto de una colina donde hay un mirador precioso que te deja ver un estupendo atardecer dejando a tus pies toda la ciudad. Lo que mas impresiona de esto es que, para llegar hasta arriba, pasas por un enorme cementerio, que no te deja olvidar que, aunque ahora Sarajevo es una ciudad nueva y con mucho encanto, en ella, se vivió un infierno.




MOSTAR:

A la mañana siguiente, cogimos un tren, típico de la Unión Soviética, hasta Mostar, la otra ciudad Bosnia que mas queríamos visitar. El trayecto en el tren fue bastante cómodo y tranquilo hasta que un revisor nos explicó en Bosnia que nos habíamos pasado de parada. El mismo revisor se encargó de hablar con un chico que se bajaba en la próxima parada, y que por supuesto no hablaba inglés, para que nos indicara como llegar a la estación de autobuses donde coger uno hasta Mostar.





Después de que una forgonetilla privada nos llevara desde donde estábamos, ni idea de donde era, hasta Mostar y nos dejara en medio de la parte nueva de la ciudad, empezamos a caminar hacia el centro mientras no parábamos de ver restos de edificios llenos de metralla o incluso solo el esqueleto de estos, lo que había quedado después de los bombardeos. Sorprende que tantos años después siga habiendo estos vestigios, cicatrices del pasado supongo.




Otra vez íbamos sin reserva y otra vez no encontramos a nadie con el cartel de "sobe" pero en cuanto llegamos al centro preguntamos en un par de hostales y nos ayudaron a encontrar donde alojarnos al precio que nosotras buscábamos. En pleno centro, habitación doble con baño compartido 15€/persona como en Sarajevo. Otra vez la simpatía bosnia salía a la luz.

Las calles empedradas del centro de Mostar son preciosas. Los restaurantes y tiendas mantienen una misma estética, rústica, casi medieval, encantadora.



Caminamos hasta el emblemático puente viejo de la ciudad, bombardeado y derruido durante la guerra separando la ciudad en dos. Estaba lleno de gente, y además es complicado cruzar porque el suelo es de piedra que resbala un poco así que ves como todo el mundo se agarra a los laterales y va cruzándolo como chiquito. Nosotras subimos a una de las torres del puente para ver una exposición de fotografía de la guerra sin saber que desde allí tendríamos una bonita vista del puente desde lo alto.




La exposición de fotos no nos dejó indiferente. Ver como aquellas personas intentaban llevar una vida lo mas normal posible mientras sus amigos, familiares o vecinos morían, sus casas eran bombardeadas y todo podía pasar cada día nos hizo comprender un poco mas el terror que tuvieron que pasar esas personas durante tantos meses.



Pensando en todo lo que habíamos visto, por que es cierto que una imagen vale mas que mil palabras, bajamos las escaleras de la torre e, inevitablemente, encontramos un mensaje que nos llegaría al corazón. En una piedra del antiguo puente derruido, un mensaje para el mundo: "Don´t forget".




A ambos lados del puente, los barrios están llenos de restaurantes, tiendas y bares. Además se pueden encontrar bastantes mezquitas, antiguos palacios en mal estado que quedaron así después de la guerra. 






Nada mejor después de medio día de pateo para reponer el aliento que otro plato típico del país, el burek. Un especie de hojaldre relleno de carne, de queso o de espinacas que está buenísimo y que bastante barato.




La mejor forma de ver el puente, reconstruido por ingenieros españoles en gran parte, es bajar abajo y así poder disfrutar incluso de un baño en el río que tiene un color muy especial. También es un buen punto para ver a los jóvenes de la ciudad saltando desde el puente ante la mirada de curiosos.



Por las noches, justo debajo del puente, donde hay una pequeña terraza con música en directo, gran cantidad de jóvenes se reunen para tomar unas cervezas mientras hablan. Un lugar muy agradable y auténtico para despedirse de la ciudad.

Nos encantó Bosnia, estoy segura que volveré algún día. La gente es muy humilde y muy agradable y es un país bastante mas barato comparado con su vecina Croacia.


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viernes, 30 de septiembre de 2011

EL CENTRO DE RÍO Y LA PLAYA DE IPANEMA

Después de un desayuno consistente en el hostal, metimos lo necesario en los bolsos y a la calle. Para este día habíamos pensado ver la zona centro donde están los edificios mas importantes de la ciudad.

Nos dirigímos al metro para subir a esa zona, solo a dos paradas pero como no sabíamos si iba a ser seguro o no decidimos ir en metro. Uruguaiana era la parada de metro mas cercana al monasterio de Sao Bento, después de salir del metro nos tocó andar un poco pero por el camino vimos la iglesia de Candelaria que nos sorpendió bastante porque tiene mucha ornamentación y es bastante vistosa por dentro y por fuera.

 

Seguimos por calles bastante anchas, incluso avenidas con varios carriles para los coches, lo que podría ser la Castellana de Madrid, pero los edificios que había a ambos lados no eran arquitectónicamente tan vistosos y los que lo eran estaban en bastante mal estado. Además había mucho vendedor ambulante, practicamente en cada esquina.

De casualidad encontramos una puerta de vidrio donde ponía Monasterio de Sao Bento. Era un edificio normal, como de oficinas, donde nadie pensaría que se encontraba un Monasterio. El portero nos invitó a pasar y nos explicó que teníamos que coger un ascensor para llegar al Monasterio. Todo sonaba un poco raro, un edificio como de oficinas, un ascensor para llegar...

Salimos del ascensor y nos encontramos con unos jardines con árboles y plantas exóticas que al final tenía una iglesia y un edificio anexo. Estaba en lo alto de una pequeña colina. La iglesia es aun mas ornamentada que la otra, muy bonita y muy bien cuidada.


 
Seguimos paseando por el recinto y encontramos que había un colegio solo para chicos y otros edificios religiosos. Desde el borde de la colina y mirando hacia el lado del mar pudimos ver unas bonitas vistas de parte de la ciudad. La entrada es gratuita así que, si tienes tiempo, merece la pena.
Desde aquí nos dirigimos andando al Palacio Imperial, donde nos encontramos con una manifestación de bomberos acampados en la puerta de este, el Teatro Municipal, un edificio muy bonito que se encuentra en una plaza donde convergen dos grandes avenidas donde además se encuentra La Biblioteca Nacional, otro bonito edificio.


 
Todas las cosas que hay que visitar en esta zona están bastante cerca así que lo hicimos todo andando para ver las calles, la gente, el ritmo, los edificios, las tiendas...

Desde aquí nos fuimos a ver los Arcos de Lapa por donde solía pasar el Bondinho, un tranvia de color amarillo que llegaba hasta Santa Terasa subiendo por una empinada colina pero que hace unos meses tuvo un accidente, donde murieron varias personas, lo que provocó que se suspendiera este servicio. Una pena porque era algo típico de la ciudad y el mejor método para descubrir Santa Teresa, un barrio del que te cuento ahora.

Desde los Arcos de Lapa se ve la Catedral Metropolitana, que no lo parece. Cuando llegamos allí nos impresionó que las puertas, que eran muy anchas, estaban todas abiertas dejando mas de la mitad de la Catedral al descubierto sin nisiquiera entrar. La forma sorprende pero el interior también lo hace. Grandes vidrieras de colores dan una luz especial a la Catedral. Además la cruz en el techo y la colgada en medio de esta. No es una Catedral a la que estamos acostumbrados pero, aunque se sale de la imagen que todos tenemos de una Catedral, tiene una belleza que no deja indiferente.


 
Para recuperar energías compramos en un puesto un dulce compuesto por harina de tapioca con leche merengada y coco rayado que estaba deliciosa.

Desde aquí nos hubiéramos cogido el Bondinho pero como ya no está en funcionamiento nos cogimos un taxi que nos subiera la colina hasta el barrio de Santa Teresa. El taxi nos costó 9 reales, aunque yo creo que nos tangó porque el taximetro marcaba otra cantidad pero el hombre empezó a decir, "tasa tasa" y lo dejamos estar porque era un euro mas solo.

Nos dejó en el Largo de Guimanes, calle para subir y bajar para descubrir este barrio que en su día fue rico pero ahora es decadente pero que mantiene cierto encanto.


 
Cuando llegamos allí, contra todo pronóstico, ni un turista...Y muy poca gente por la calle. Con un pelín de miedo en el cuerpo por lo que la gente nos había dicho de este barrio, decidimos sentarnos a tomar algo en un bar bastante mono donde había un par de mesas ocupadas por brasileños, lo que nos dió buena impresión del lugar. Se llamaba Bar do Mineiro y donde tomamos unos pinchos típicos brasileños que todos estaban tomando en el bar. Ni idea de que llevaban. Algo de carne, algo de pimientos...No se, pero estaban deliciosos. Nos volvió a sorprender los precios, muy caros y mucho mas teniendo en cuenta lo que pides, qeu es un bar no turístico y que no está en un barrio super chic o enfrente de la playa por ejemplo. No esperaba estos precios, son ridículos a veces.


Le preguntamos al camarero hacía donde ir para visitar bien el barrio. Nos dijo que nada de ir para abajo, que era una zona muy bonita pero que era muy peligrosa. Pues vaya...Pero nos recomendó ir hacía el otro lado donde podríamos callejear por el barrio con menos peligro. Así que en esa dirección fuimos.

Los antiguos railes por donde pasaba el tranvia marcaban el camino. Paramos en una tienda con cosas muy originales y curiosas donde compramos un imán para la nevera por el que nos cobraron 5€. Jamás en la vida, en todos los lugares donde he estado, he pagado 5€ por un imán. Tengo que aclarar que mi madre hace colección por eso le llevo uno de cada lugar que visito.

Seguía sin haber nadie. Pensamos que era muy extraño porque era un barrio que visitar en Rio, toda guia turística te dice que vayas y allí estábamos solas mi prima y yo, cero turistas.

Caminamos, hicimos fotos a las casas, a los muros pintados con bonitas imágenes y a las increibles vistas que este barrio ofrece de la ciudad. En cualquier recoveco puede aparecer un pequeño mirador donde quedarte asombrado con la majestuosidad de la ciudad, sus edificios modernos y altos, sus favelas apiñadas en las laderas de las montañas, las largas  playas de arena blanca, el Cristo Redentor, el Pan de Azúcar...Las mejores vistas desde el Museo da Chacara do Ceu que hay en la parte alta del barrio.


El paseo fue bastante cansado porque las cuestas son muy empinadas y todo el suelo es de adoquín que no está en muy buen estado por lo que no ayuda pero el barrio en sí y las vistas que ofrece de la ciudad merece la pena, eso si, mucho cuidado por que zonas vas, sentimos cierto miedo y no queríamos ni sacar la cámara de fotos en según que zonas sobre todo por el hecho de que no había nadie por las calles aunque también tengo que decir que a los brasileños que encontramos por allí muy simpáticos y nos ayudaron en todo lo que necesitamos aconsejándonos hacía donde ir y que lugares evitar.

Para bajar la colina cogímos un autobus para cambiar de medio de transporte y para mezclarnos con los Cariocas. Después cogimos el metro para ir hacía la playa de Ipanema, a eso de media tarde, para conocer el barrio por encima, ya irríamos otro día, y ver cuerpos espectaculares tostandose al sol mientras bebían un cocktail tropical y veían a otros bailar samba.

El barrio bastante normal, incluso diría tranquilo, comercios, tiendas de ropa, lugares para comer, bares pero con poco gente dentro, eso si, mucha gente en la calle yendo de un lado para otro, me recordó a Nueva York. Volvimos a cruzarnos con cero turistas. No es que los fueramos buscando pero nos sorprendió mucho que siendo Río una ciudad tan conocida por el turismo no viéramos a ninguno practicamente en todo el día.

En cuanto a nuestra idea de lo que íba a ser la playa de Ipanema, debía de ser que ya se habían ido a casa porque en la playa no había casi nadie. Quizás ya era tarde, las seis, pero nos encontramos con una playa practicamente desierta con una arena que tenía una textura que no había visto antes y con un mar bastante agitado. Las personas que vimos o estaban haciendo ejercicio en el paseo o íban con su traje de neopreno en busca de olas.

Eran las siete de la tarde, habíamos estado andando todo el día sin practicamente parar y desde las ocho y poco de la mañana. Imagino que por eso nuestros cuerpos se acabaraon rindiendo y nos mandaron la orden de volver a casa a descansar, no sin antes tomarnos unos panes rellenos típicos de aquí acompañados con zumos naturales, muy comunes en Río, de frutas que nunca antes había visto ni probado, con unos sabores auténticos y refrescantes.

Metro a casa, paseo por el barrio y a eso de las nueve y media los ojos empezaron a cerrarse.


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